Las películas de época, ya sean antiguas o recientes, siempre se han entendido desde los públicos más interesados a entretenerse que a informarse sobre lo que sucede a su alrededor como el sucedáneo al documental o al periódico. Sin embargo, esa concepción es falsa: la historia también puede ser –como la fantasía o la ciencia-ficción– un espejo perfecto para que los creadores de una historia bien reflejen y ofrezcan su mirada sobre los hechos que acontecieron en una época u otra. Por eso, la figura de Francisco Paesa genera el atractivo suficiente para hablar de una España de presas y depredadores políticos, y esa al menos ha sido la intención de Alberto Rodríguez y Rafael Cobos en ‘El hombre de las mil caras’.

Desde el primer fotograma de la película, con un Jesús Camoes que es más un testigo que uno de los tiburones de la historia, Alberto Rodríguez y Rafael Cobos dejan claro que su trabajo es más un artificio generado desde la realidad. Lejos de las fórmulas del biopic, ‘El hombre de las mil caras’ es un thriller que vive más de las dualidades y de los claroscuros narrativos del cine de espías que de las intrigas del cine político. Director y guionista lo dejan claro: ellos no ocultan su intención comercial, pero tampoco piensan cerrarse en banda para retratar una suerte de partida de póker suicida donde el perro más viejo es quien gana.

El elemento que da sentido a esta trama intrincada y llena de estrategias ocultas es la ironía. Es quizá este elemento, sobre todo cuando es más sutil, el mayor acierto de la película para Alberto Rodríguez y Rafael Cobos. Este recurso es contradictorio: por un lado hace respirar la tensión de no saber quién es el tiburón de este mar de crápulas; por otro lado, obliga a mirar en más de una ocasión nuestros propios vicios como sociedad. El más notorio de ellos es la confusión de Luis Roldán de Brahms con Haendel, alegoría certera y letal sobre la apología de la ignorancia y del poder de los que callan en este país.

A pesar de todas sus virtudes, ‘El hombre de las mil caras’ se limita a sí misma. Hay un miedo –o clemencia– a que el espectador más casual no entienda lo que está sucediendo, y de ahí los chascarrillos y las obviedades que la voz de Camoes espeta en medio de la película. Por suerte, Alberto Rodríguez y Rafael Cobos van por el buen camino: la sutileza y la ironía se confirman como buenas herramientas para ambos de cara a hacer algo más que dejar al espectador con la boca abierta. Talento tienen, solo les hace falta exprimir sus ideas al máximo.

Carlos Martínez.

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