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‘Dancing Beethoven’ o la Pasión del cuerpo

 

 

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Arantxa Aguirre ha dirigido con esta película, su tercer largometraje documental, aunque tiene una dilatada experiencia dentro del cine, y ha dirigido muchos otros documentales cortos. Aguirre, además, es autora de un libro excelente sobre Luis Buñuel, titulado ”Buñuel, lector de Galdós”, en el que la autora nos habla de la absoluta influencia que este escritor tuvo desde siempre en su filmografía.

A su bagaje cultural, le añadimos otra pasión: la música, que tiene una importancia vital en toda su obra, y que dará frutos importantes en su carrera cinematográfica. Uno de esos frutos fue, sin duda, un documental sorprendente en el panorama español, titulado: El esfuerzo y el ánimo (2009), que nos contaba la historia del Béjart Ballet Lausanne, mítica compañía fundada por el gran bailarín y coreógrafo Maurice Béjart, todo un paradigma para el mundo del ballet a su más alto nivel, y un auténtico icono para generaciones de bailarines que siguen bebiendo de sus trabajos, y manteniendo en alza su figura.

La historia de El esfuerzo y el ánimo, se inicia con la muerte de Béjart, y el gran vacío que esto supone para todos sus bailarines, que se quedan huérfanos de padre y madre. Béjart nombra como su sucesor a Gil Roman, que se unió a la compañía de Béjart en 1979. Gil Roman sabe que este momento de su vida iba a producirse tarde o temprano: él sabe que está preparado, pero a la vez, piensa: ¿Estaré preparado?.

Este es el debate que Arantxa Aguirre filma intensamente, a través de unas imágenes vivas, llenas de color y movimiento, donde conjuga con gran habilidad y trabajada narrativa, el elemento coreográfico, tan difícil de filmar en el cine.

Es importante (aunque no necesario) tener estos datos en cuenta a la hora de hablar de su último film: ‘Dancing Beethoven’, porque si bien, es totalmente independiente de: El esfuerzo y el ánimo, sí bebe de sus fuentes para regar sus venas; no con agua, sino con sangre roja, densa y vivificadora, consiguiendo entregar al espectador algo más que un documental, algo más que la historia de un ballet que prepara minuciosamente su gran obra, algo más que sus deseos de bailar, algo más que su impecable técnica de baile, algo más que su avasalladora humanidad… algo más, que convierte a Dancing Beethoven, en una pieza de cine única, no solo dentro del panorama nacional, sino en el mundo entero.

Y no es una exageración esto que escribo, como no lo es hablar de la sangre que destilan sus imágenes, ni de la fuerza emocional que se hace dueña de nuestros centros nerviosos, ni de la poesía (maravillosas elipsis que construyen la poesía y que se dibujan por toda la película) que envuelve como un manto de seda ligera, perfumada y llena de color, las diferentes historias que se articulan en torno a una única idea, una única meta, un único desafío: escudriñar el laberinto de lo fraterno, de lo visceralmente humano, de lo racionalmente irracional, que no es el orden, sino el caos; que es a su vez el amor, la fraternidad, la búsqueda de ese absoluto, que sólo unos valientes se atreven a buscar con decisión; aunque el fracaso y el dolor siempre nos persigan.

Y no es una exageración hablar de lo que unos ojos han visionado en una pantalla de cine, porque esa es la función del espectador que busca, que anhela, que persigue, que lucha, que mata, incluso, con tal de extraer de la pantalla, las respuestas que necesita; y si no las respuestas, al menos las certidumbres de que allí, sentados en comunión con otros espectadores, la magia se producirá, la humanidad se hará realidad, el prodigio del mundo no será una utopía, sino un descenso al paraíso más buscado.

Arantxa Aguirre, es la directora de una ecuación musical con luz, color y movimiento pleno, diseñado con cincel de escultora paciente, nerviosa y consciente de que su madurez es una llave al futuro de la comprensión, cuando se porta una cámara y se mira a través de ella con un ojo abierto y el otro cerrado.

¿Es esto ‘Dancing Beethoven’? Es mucho más de lo que yo puedo expresar, o escribir o sumar con líneas que vayan cubriendo el articulo que, con amor de conmoción, me mueven a susurrar y evitar el grito exaltado, para no alterar los signos de puntuación de una escritura cinematográfica, que es un prodigio de soltura, de personalidad, de libertad interior e íntima comprensión de lo que un artista debe (porque quiere) hacer con su arte, con su obra, con su expresión al límite de los bordes de la pantalla, con su timidez sin límites que hace cómplice al espectador sin agredirle, sin empujarle, sin molestarle siquiera, ya que el abrazo es lo que importa.

Cuando empecé a escribir esta carta de amor sin condiciones a ‘Dancing Beethoven’, no sabía cómo hacer, porque no era capaz de escribir una carta de amor técnico, dirigida a quien te ha entregado una obra brillante, pero te ha entregado su corazón sin trampa ni cartón. Por eso, nada más avanzar la escritura, me di cuenta de que nada sería más fácil que hablar de amor al amor, y reconocer las cartas boca arriba, y tejer la técnica con el espejo a nuestro lado, sin que la imagen se refleje en el espectador, porque a él, y solo a él, le debemos una mirada limpia de espejos, aunque también llena de hermosos cristales donde reflejarse.

‘Dancing Beethoven’, está llena de espejos donde la cámara hace un revuelo de aire y no inquieta a sus bailarines, que sí baten el aire y se expresan con alegría, con tristeza, con dolor; con tal emoción, que los centros nerviosos de nosotros, los espectadores que no esperamos nada, sino seguir adelante mirando una pantalla, somos capaces de absorber, de filtrar y de adquirir; como se adquiere el conocimiento, como se filtra la luz, como se absorbe la emoción: sin notarlo, sin la conciencia de sentirlo, sin la capacidad del color.

‘Dancing Beethoven’, está llena de figuras humanas que pasean en los límites del plano, del encuadre, del escenario de un conjunto frontal, que quiere carnalizar su presencia, y devorar su comida a base de cuerpos entrenados y esbeltos, aunque frágiles y conscientes de su decadencia final. Decadencia y cadencia, son frutos, también, de la puesta en escena, de la caída del fruto de los árboles, de la recogida de las hojas en otoño: 9 meses de vida tiene una vida, 9 meses de vida tiene un proyecto, 9 meses de vida tiene el amor de la aventura por el recorrido del alma.

‘Dancing Beethoven’, es la vida anunciada en nueve meses, donde el tiempo no tiene constancia de su vida, porque su vida está cumplida de antemano, desde que la cámara inicia su mirada sincera a través de los ojos de una actriz (la conductora o el hilo narrativo que sustenta la película), quien, además, forma parte de ese mundo del ballet; la cual, además, se sorprende a sí misma, mostrándonos las mismas cosas que a ella nunca le han sorprendido cuando era una niña viviendo entre bailarines.

Son muchas cosas para contar a los espectadores; y por eso es mejor no contar, sino ver y alcanzar con la mirada desde la pantalla de cine; o cualquier pantalla con vocación de mirada.
‘Dancing Beethoven’ es para mí, el mejor regalo que una directora de cine me haya hecho desde hace mucho tiempo, y eso no es fácil, teniendo en cuenta lo frágil que es el tiempo; y lo efímero que es el cine en estos tiempos tan difíciles para el arte y la sinceridad.

‘Dancing Beethoven’, es un regalo a conservar; sin cinta, sin envoltorio, sin caja: sólo el corazón en continua palpitación, sin detenerse nunca; ni tan solo a respirar.

Miguel Ángel Barroso.
@DeWinterBarroso

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